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domingo, 23 de mayo de 2010

Manuel Vicent

domingo, 23 de mayo de 2010 0

Hace ya unos meses que nos visitó en la Facultad Joaquín García Cruz para hablarnos de la crónica política. Más allá de ensalzar las características de una buena crónica como clave para la supervivencia del periodismo escrito en el futuro, nos pudo ilustrar en muchos otros temas. Recuerdo muy bien que me sorprendió que un par de mis compañeros tardaran en ubicar al piropeado en la charla, Manuel Vicent. En realidad la sorpresa no debería haber sido tal, pues no hace tanto que yo mismo lo consideraba un escritor más que colaboraba en prensa y culpable de inspirar alguna de las peores películas nacionales de la última década (véase Son De Mar). Por fortuna para mí, una de las cosas para las que me ha servido el último año y medio ha sido descubrir a este magistral columnista.

Cuando uno se introduce en el mundo del periodismo, aunque sea en su versión académica, se encuentra con un panorama de pragmatismo y simplicidad formal. Parece que todo se resume en dar a conocer los hechos más importantes en el menor tiempo y, no pocas veces, en el menor espacio. Por el contrario, Vicent tiene la suerte de poder expresarse con mayor libertad, no contar las palabras para dar a conocer todas las ideas sino dejar que se forme la idea hasta donde llegué con sus palabras. Madurarla. Dejar que se cocine a fuego lento, que es la única manera con la que se puede llegar al lector en este ajetreado presente si te saltas el camino del sensacionalismo.

Os dejo los enlaces a los textos 'vicentianos' que más me han complacido durante este tiempo con la ilusión intacta de seguir descubriendo muchos nuevos con el paso de las actualidades.

01/03/09. Resucitar. ¿Crisis? ¡Comeremos bocadillos de sardinas mirando las estrellas!

04/10/09. La Falla. La sabiduría valenciana y los trajes que no saben arder. Imprescindible.

29/11/09. El Crimen. Metaliteratura periodística.

24/01/10. Lágrimas. De lo mejor que leí sobre Haití, ejemplo de dar algo diferente a los lectores.

11/04/10. Trasplante. Operación Semana Santa para un literato con aire a Kieslowski.

03/01/10 y 23/05/10. El duelo y La grada. Nudo y desenlace del fútbol.

Éstos son los casos que mejor recuerdo, pero en definitiva os invito a que tiréis de hemeroteca y recopiléis cada uno los vuestros. Merece la pena.




viernes, 12 de marzo de 2010

12-M

viernes, 12 de marzo de 2010 0
Es un recuerdo que tengo muy vivo. Ya era el tercer trimestre, no sé muy bien si estudiaba 8º de EGB o 1º de BUP, pero el curso daba los últimos coletazos en el empalagoso final del junio murciano. El libro de Lengua y Literatura tenía los bordes ennegrecidos, torpes ilustraciones propias decoraban las páginas del interior y el forro de plástico bailaba completamente despegado por el uso y el calor. Tenía que estudiar, era el último examen.

Como sucedía con la asignatura de Historia, parecía como si un corte abisal o un agujero negro hubiera absorbido para siempre el tiempo reciente y del mismo modo que el Franquismo y la Transición se estudiaban a salto de mata, era la Generación del 27 la última pica en Flandes de nuestros creadores literarios. Algún dramaturgo (Buero Vallejo), algún poeta (José Hierro), una breve incursión en Hispanoamérica (García Márquez y, sorprendentemente, Vargas Llosa) y dos novelista nuestros: Cela, a la sazón, premio Nobel y Miguel Delibes. Sí, Miguel Delibes. "Tanto mejor", pensé, "esto me lo estudio en quince minutos".

No sé qué lecturas obligadas hay hoy, pero entonces no tuvimos ningún libro de don Miguel. Yo lo leí muchos años después, ya veinteañero, y en esto me parezco al vallisoletano, me hice sincero lector tarde y para dar el pego con las mujeres (mala estrategia hacerse el listo, don Miguel). Propio de un personaje tan apegado a la tierra y a la naturaleza, practicante del pragmatismo de quien persigue la verdad sobre lo que importa y que sólo conocen los que viven el campo, se hizo escritor cuando quiso y en sus entrevistas (las que he leído y visto) huía de la cursi estampa del escritor de nacimiento y la necesidad enfermiza de escribir a modo de síndrome de abstinencia. "Ha sido una auténtica dedicación. Yo he encontrado en la literatura el refugio que no encontraba tan perfecto en el cine o en el café o en la tertulia o en el juego".

¿Su valor literario? Indiscutible. El Camino, es una suerte contar con un libro de adolescencia semejante, como los estadounidenses tienen El Guardián entre el Centeno o los alemanes Demian. O mejor que tener ése, la suerte es tenerlos todos. Háganlo leer en los colegios, aunque sea a título póstumo. La crítica terrorífica a las dos Españas (menos politizadas que nunca) en Los Santos Inocentes o la estructura narrativa de Cinco Horas con Mario, tan sólo son dos ejemplos más, pero los únicos de los que puedo hablar con conocimiento de causa. ¿Su valor como periodista? Lo desconozco, pues me quedó muy lejos y a destiempo, casi casi a contrapié.

(La caza de la perdiz roja, su gran afición)

Hoy, 12 de marzo, en la hora del lobo (cuando más niños nacen y más viejos mueren) falleció Miguel Delibes, el último clásico de la narrativa española según mi viejo libro de literatura. Mi homenaje será a la inversa, os dejo sus primeras palabras (las últimas en vida ya se las inventarán en La Noria, si no, ¡al tiempo!) publicadas en una novela:

Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer. No dudo de que, aparte otras varias circunstancias, fue el clima pausado y retraído de esta ciudad el que determinó, en gran parte, la formación de mi carácter.

De mi niñez bien poco recuerdo. Casi puede decirse que comencé a vivir, a los diez años, en casa de don Mateo Lesme, mi profesor. Me acuerdo perfectamente, como si lo estuviera viendo, del día que mi tutor me presento a él...

(La Sombra del Ciprés es Alargada, 1948).

domingo, 28 de febrero de 2010

Las Cárceles

domingo, 28 de febrero de 2010 2
Esta mañana empezando a leer El País por el final, como siempre, encontré un "articulito" de Juan Cruz, La Cosas Rotas, en el que alterna versos de Neruda, Oda a las Cosas Rotas, con apreciaciones y declaraciones que fue viendo-viviendo a través de la televisión chilena durante el sábado. Ya sabéis a lo que me refiero, el apocalíptico temblor en la tierra del casi-fuego.

Y pensé en que sin ser un experto en literatura, ni poesía, ni Generación del 27, ni Miguel Hernández, sí podía por fin hablar de él (se cumple un siglo de su nacimiento, "casi" tanto como de su óbito). Llevo dos meses relegando el momento porque no sabía si publicar un poema, si aprovechar algún acto de reconocimiento, si liarme en cuestiones políticas, si recriticar a quienes han criticado su talento tachándolo de aprovechar la ola democratizadora desde la ultratumba, que por un pelo no fue la ultrafosa. Pero he aquí que Orlando Zapata/un trozo de esperanza ha muerto/ha sido asesinado en una cárcel/un pedazo de realidad vendado a la sociedad; y yo, cual buitre creador de textos, aprovecho la clarividencia de Juan Cruz y la desgracia de éste para honrar al de en medio, que si algo conoció bien en su corta vida, fueron las prisiones.

Imagen de la película de Robert Bresson Un Condenado a Muerte se ha Escapado (1956)

Este detestable (sabiendo lo que ahora sabemos sobre la pena de Zapata, me niego a calificarlo de inesperado) giro de los acontecimientos no ha modificado mi idea inicial de que no hay como extractar de la obra misma para recordar a un artista. Así que armado con una humilde antología poética del oriolano que me regaló una amiga hace nueve años, un mes y once días y con mi mejor intención he dedicado un tiempo a buscar qué podría ser apropiado también para el cubano. Como en los funerales a la americana.

Descartado el poema favorito de dicha amiga, que en un momento pre-Zapata barajé ("El último y el primero:/ rincón para el sol más grande/ sepultura de esta vida/ donde tus ojos no caben/[...]/Depués del amor, la tierra./Después de la tierra, nadie."), me he decantado por el libro El Hombre Acecha de 1939, año de su primera experiencia con la cárcel (como para tantos otros) de la que le ayudó a salir precisamente Pablo Neruda (el mundo es un pañuelo). Entre los textos que ahí se contienen está el célebre El Herido, que gracias a Serrat se conocerá como Para la Libertad en una transgresión más de las industrias culturales. Pero queriendo huir del tópico, he decidido caer en lo obvio, así que a continuación os dejo los últimos versos de un poema titulado Las Cárceles:

[...]
Son los encadenados por siempre desde siempre.
Ser libre es una cosa que sólo un hombre sabe:
sólo el hombre que advierto dentro de esa mazmorra
como si yo estuviera.

Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma.
Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
no le atarás el alma.

Cadenas, sí: cadenas de sangre necesita.
Hierros venenosos, cálidos, sanguíneos eslabones
nudos que no rechacen a los nudos siguientes
humanamente atados.

Un hombre aguarda dentro de un pozo sin remedio,
tenso, conmocionado, con la oreja aplicada.
Porque un pueblo ha gritado ¡libertad!, vuela el cielo.
Y las cárceles vuelan.

Qué descansen en paz Zapata y Hernández, qué descansen muy en paz, qué descansen excesivamente en paz, tendrán que hacerlo por muchos otros como los Castro y también Batistas (a Dios lo que es de Dios y al César...).
 
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